De la trifulca que ha sucedido en la tapia del cementerio donde Cervantes le ha dado una paliza al Tenorio sin saber que trataba de una obra de teatro

Cervantes-.                                 Acabo de ver a un señor,
De mi guisa iba ataviado
Y algo me ha recitado,
Encima de un panteón.
Hablaba de cierta playa,
Pues nombraba las orillas,
La luna y las florecillas
Y otro le dijo, ¡canalla!
Porque había enamorado
A la monja sor Inés
Y díjeme yo ¡Pardiez!
Que rufián más descarado.
Vive Diós que me impaciento,
Escuchando a ése insensato,
Paréme yo allí un buen rato,
Para ver tal desencuentro.
Entre don Juan y don Diego,
Hartas  voces, grande grito
Y frases que no repito,
Por miedo a arder en el fuego.
El tono que iba tomando,
Aquella gran discusión,
Pudo acabar en prisión
Pues allí estaba acechando;
Un Capitán que venía
Con su herreruza en la mano,
Emplazando a aquel fulano
A un duelo por cobardía.
Aparecióse la monja,
Diciéndole al del tejado,
Que habíala enamorado,
Llorando como una esponja.
Que Dios le daría castigo;
Y aquesto le dijo Don Juan,
Más no le llamase rufián,
Que apostó con un amigo;
Que en menos de una semana
Levantaba un amorío
Y que fuese el desafío,
Enamorar a una Hermana;
A punto de profesar.
Y llegó el comendador,
Con tan grueso malhumor
Que allí le quiso atizar.
Y montóse tal jolgorio
Que agarraron los aceros,
Del último hasta el primero
Incluyendo al tal Tenorio.
Pero vi yo que el combate,
Estaba desigualado
Y habiendo desenvainado,
Plantéme entre aquel “debate”.
Y al verme los matasietes
Prestos entraron al lance,
Sufriendo alguno el percance
De encontrarse mi florete.
A uno pinchábale un ojo,
A otro en la pantorrilla
Y al de acento de Sevilla,
De un corte dejélo cojo.
Preguntábame quién era
El de encima del tejado,
Agarrélo con cuidado
Y rodó por la escalera.
Le dije que un tal Miguel,
Un soldado castellano,
Que sois vos un gran villano,
Por deshonra a tal mujer.
La monja, el comendador,
Don Luís, y hasta una abadesa,
Vinieron con tanta priesa
Y todos decían ¡por Dios!
Y Don Juan la mano alzando
Quiso agarrar mi herreruelo,
Y díjome ¡Por el Cielo!
Que estábamos actuando.
Más yo supe que era farsa
Y que ése bellaco fingía,
Un golpe le di, pues temía,
Que de allí se me escapara.
Salí entre los panteones
Aprovechando el entuerto,
Y díganme si no es cierto
Que aquesos malditos bribones;
Merecían ese trato.
Pues monté una escabechina,
Que diles hasta propina
En tan poquísimo rato.
Quizá que hasta salga mi nombre
En el diario de la Villa
Y se enteren en Sevilla,
De aquel que se tiene por hombre.
Don Juan Tenorio se llama,
Tal fantoche aventurero,
Bella pluma y gran sombrero
Y sin respeto a las damas.

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